Para María Azucena Guía Hernández, la enfermería no es solo una profesión, es una forma de acompañar la vida en todos sus momentos.
Con 30 años de experiencia, hoy dedica sus días —y muchas veces sus noches— a cuidar a los pacientes más pequeños en la Unidad de Cuidados Neonatales del Hospital Amparo Pape de Benavides. Ahí, entre incubadoras, monitores y respiradores, enfrenta junto a recién nacidos cada batalla desde sus primeras horas de vida.
"Un enfermero está al principio y al final de la vida", dice con serenidad. "Cuando los bebés nacen, celebramos una nueva vida. Y cuando alguien se va, acompañamos a sus familias para que sea con dignidad y el menor dolor posible".
A lo largo de su trayectoria, ha pasado por distintas áreas: desde la prevención —que describe como una de las más difíciles— hasta la atención hospitalaria de pacientes de todas las edades. Sin embargo, reconoce que su lugar actual le ha dado algunas de las experiencias más intensas y significativas de su vida profesional.
"Estoy muy feliz y orgullosa de estar aquí, atendiendo a bebés con problemas respiratorios u otras patologías. Lo hacemos con mucho amor y dedicación", comparte.
La labor no es sencilla. Aunque la preparación es constante, el estrés es inevitable. Aun así, encuentra motivación en cada pequeño avance: en cada gramo que gana un bebé, en cada respiración que se estabiliza, en cada alta médica.
"Es una satisfacción enorme ver a un bebé que llegó pesando un kilo, o menos, y después de meses se va sano, alimentándose con leche materna. Son logros que no se olvidan".
Entre sus recuerdos más marcados está el caso de una bebé que nació con apenas 700 gramos y llegó a bajar a 500. Contra todo pronóstico, sobrevivió.
"Pensábamos que no lo lograría, pero salió adelante. Hoy ya camina. Tiene algunas limitaciones, pero está viva. Eso nos llena de felicidad y nos hace sentir orgullosas de nuestro trabajo".
Historias como esa se repiten en la unidad, donde cada paciente termina convirtiéndose en parte de una familia extendida.
"Nos encariñamos mucho. Después recordamos: ´¿te acuerdas cómo estaba?´... y vemos que salió adelante gracias al trabajo en equipo: médicos, enfermeras y, por supuesto, las mamás".
Además del trabajo en el hospital, María Azucena también enfrenta las exigencias de su vida personal. Ser enfermera y sostener un hogar no es tarea fácil.
"Es cansado. Hay que cumplir muchos roles en casa y luego venir a atender a nuestros pacientitos, en situaciones que a veces son muy difíciles. Pero es una profesión muy satisfactoria. Lo hacemos con vocación y con amor".
En la unidad neonatal, explica, ingresan en promedio entre cinco y siete bebés al mes, muchos de ellos prematuros o con complicaciones de salud. Cada uno representa un reto distinto, pero también una oportunidad de salvar una vida.
Después de tres décadas de servicio, su convicción sigue intacta: la enfermería es una labor profundamente humana, donde cada esfuerzo vale la pena.
Con 52 años, le faltan solo cuatro para cerrar este ciclo. Después de tres décadas de servicio, dice que se irá tranquila, feliz y satisfecha, con la certeza de haber dado todo en cada jornada.
Confía, además, en que las nuevas generaciones de profesionales continuarán con esa misma entrega.
"Dejo mi lugar en manos de enfermeras y enfermeros muy preparados, excelentes, que harán una gran labor", comparte.